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Por Alejandro Barañano

Tal vez haya quienes no recuerden que la sede del Partido Revolucionario Institucional –aquí y en casi todos los Comités Directivos Estatales- se convirtió en un desierto después de la noche del primero de julio pasado, y con ello se transmutaron en víctimas de su propia historia debido a las prácticas permisivas de actos de corrupción que les llevó a pagar un precio: Obtener el peor resultado electoral desde la apertura democrática.

Pero curiosamente la semana pasada algunas voces tricolores comenzaron de nueva cuenta a escucharse, tal fue el caso de Jesús Flores Romero, quien señaló la necesidad de que el PRI debería asumir su papel y responsabilidad como instituto político, pues acotó que no era aceptable y mucho menos congruente con la historia y responsabilidad del instituto político, ello por estar en este momento ausente de las causas y acciones que la sociedad reclama se abanderen.

También argumentó que se necesita como base un PRI fuerte y cohesionado para así construir los escenarios de refundación, reorganización, comunicación y reestructuración de lo que se deba llevar a cabo, pues los tiempos los han rebasado y tal parece que no han sabido adaptarse al mismo tiempo que la sociedad se transformaba, llegando al grado que la disciplina, cohesión y unidad se convirtieron en debilidad al privilegiar que las decisiones cupulares definieran el curso de la política de Baja California Sur, esto sin que les quede claro que el PRI no es de una persona o de un grupo, sino que es de todos.

Pero han sido muy pocos los que han realizado un trabajo interno cercano y de inclusión, posicionando temas, abanderando causas, generando y fijando posiciones, y que conste que dije pocos, porque desde aquel fatídico primero de julio solo verdaderos priistas como Abimael Ibarra Abundez, Andrés Liceaga Gómez, Anita Beltrán Peralta o el mismísimo Noé López –solo por mencionar a algunos- han salido a dar la cara a pesar de los malos momentos que han tenido que vivir, mientras que otros, cuales avestruces simplemente ocultaron la cabeza pensando que nadie podría observarlos.

Sin embargo ahí no para la cosa, ya que otro que vino a dar la nota fue Juan Alberto Valdivia Alvarado, quien a su decir hay una dirigencia ausente no solamente de sus obligaciones partidarias, sino de un protagonismo político necesario en los temas de importancia para los sudcalifornianos, y que además lamentó la casi desaparición del tricolor en los medios de comunicación.

Lo curioso como sucede comúnmente, Juan Alberto Valdivia Alvarado no se atrevió a ponerle nombre al asunto, pero si una marcada dedicatoria al lamentar que exista una dirigencia estatal alejada de la militancia partidista, favoreciendo únicamente a determinados grupos o sectores que le dieron la espalda a nuestro instituto político apoyando los proyectos de otras fuerzas políticas, y no hay que buscarle mucho, pues hizo clara referencia a los testaferros que comanda el ahora diputado federal Isaías González Cuevas. No más, no menos.

Y es que si el período de reflexión tras la derrota electoral ya pasó, “entonces es el momento de pasar a la acción política, de regresar con ímpetu partidario al contacto directo con la militancia que es numerosa y leal en Baja California Sur, ya es hora de rescatar el orgullo de ser priistas porque en la democracia ni las victorias ni las derrotas son para siempre”, recordó el hijo del rancio militar de alto rango que generó polémica en el año de 1999.

Para quien esto escribe no queda claro del todo porque tan repentinamente se comienzan alzar las voces tricolores de ciertos personajes; y quizá no haya más que de dos sopas, o quieren realmente coadyuvar en bien del desarrollo del Partido Revolucionario Institucional, o buscan negociar una graciosa huida del mismo, y para saberlo no nos queda más que esperar que corra el tiempo y seguir BALCONEANDO. . .