
POR ARIEL VILCHIS
Milena Quiroga
Caminaba la Catrina muy atenta y muy serena, por el bello malecón buscando a la famosa Milena.
La alcaldesa laboraba con empeño y con tesón, defendiendo los proyectos y el agua de la región.
La huesuda sorprendida le frenó bien al paso largo, mientras ella gobernaba y tomaba de nuevo el cargo.
«No te me lleves tan pronto», le decía la ingeniera, «que en La Paz la obra sigue y el futuro va de veras».
Con el triunfo de ser primera y reelecta con calidad, la Catrina sonrió viendo el brillo de la ciudad. «Mejor quédate en tu puesto trabajando con afán, que a los líderes valiosos ni los muertos se los llevan ya».
Paz Ochoa Amador
Llegó la Flaca a Loreto
con su guadaña en la mano,
buscando a la alcaldesa
entre el malecón y el llano.
“Vengo por Paz del Alma”, dijo,
“que hoy le toca ser mi hermana”.
Mas la halló en plena faena,
sin un minuto de tregua:
en la mañana, reunión;
al mediodía, otra lleva;
por la tarde, con maestros,
y en la noche, con la gente.
La Muerte, desconcertada,
dijo: “¡Qué agenda tan fuerte!”
Fue tras ella a las rancherías,
donde una casa de salud
recibe a las familias
con atención y quietud.
Vio luces rosas encendidas
para cuidar a las mujeres,
y a jóvenes en la plaza
leyendo entre mil placeres.
Quiso engañarla con un trato
de ultratumba y fantasía:
“Te doy la eternidad entera
si me sigues este día”.
Pero la alcaldesa, sonriente,
le contestó sin dudar:
“Gracias, doña Calavera,
pero en Loreto hay mucho que hacer;
cuando termine mi encargo,
con gusto la iré a ver”.
Y así, entre risas y pan de muerto,
la Huesuda se fue en paz.
Dice que no hay quien la lleve
si trae Loreto en su andar.
Que viva la Paz del Alma,
que viva el pueblo loretano,
y que la Muerte regrese
cuando el trabajo esté ganado
Christian Agúndez
La Flaca llegó a Los Cabos,
buscando al buen Christian Agúndez,
pero al verlo entre las obras,
dijo: “¡Este alcalde no se me esconde!”
“Con tanto trabajo y proyectos,
no te puedo llevar,
primero termina las obras,
que el pueblo quiere avanzar”.
La Muerte soltó una risa:
“¡Qué alcalde tan cumplidor!
Te dejo un año más de vida,
¡pero trabaja con más fervor!”
Y entre palmas y sonrisas,
la Calaca se despidió:
“Que siga creciendo Los Cabos,
con rumbo, trabajo y corazón;
hoy no me llevo a Christian,
¡que siga la transformación!”
Edith Aguilar Villavicencio
Salió la Muerte de paseo
rumbo al norte sudcaliforniano,
y se topó con un municipio
que no se acaba en el mapa humano.
“¡Aquí no alcanzo a recorrerlo,
aunque me preste el aeroplano!
De Santa Rosalía a Vizcaíno,
de Guerrero Negro a Tortugas,
¡si apenas llego a San Ignacio
ya me duelen las costillas, tuntunas!”
Preguntó por la alcaldesa
para llevársela de una vez.
“Anda en gira”, le dijeron,
“en Guerrero Negro otra vez.
Hoy inicia obras con la gente,
mañana atiende a Mulegé,
y el viernes, en Santa Rosalía,
presume su Pueblo Mágico, ¿ves?”
La Flaca se rascó el cráneo:
“¿Y cuándo descansa esta mujer?”
Quiso alcanzarla en la carretera,
pero la Muerte llegó tarde:
la alcaldesa ya andaba lejos,
atendiendo a todo el que la guarde.
Y así, entre pan de muerto
y café de olla caliente,
la Calaca se regresó
con su guadaña en la frente.
Que viva Edith Aguilar,
que viva Mulegé entero,
y que la Muerte regrese
cuando se acabe el sendero
Roberto Pantoja
Paseaba la Calaca por Ciudad Constitución,
buscando al presidente de la municipal gestión.
Encontró a Don Roberto Pantoja despachando,
mientras el agua en las colonias seguía escaseando y en cada bache de la calle su carro iba brincando.»Alcalde de mil promesas y discursos de bondad, ven y cúmpleme en el panteón tu cero impunidad».
Caminaba el ingeniero hablando de transparencia, prometiendo soluciones con mucha paciencia.
«¡Primero va la infancia y la salud del municipio!», gritaba mientras la huesuda le marcaba el principio: «Mucho bacheo y spray para el mosco del dengue, pero el agua no llega y la gente ya se abstiene».
La Muerte, muy picosa, le dijo con ironía:
«En los boletines oficiales todo es armonía,
dices que a Villa Morelos el pozo le diste al cien,
pero en los grifos del pueblo no sale ni un sostén».
Roberto le decía: «Espérame otro ratito,
¡estoy gestionando recursos para dejarlo bonito!»No hubo discurso ni fotos que lo pudieran salvar, la Muerte en su expediente se lo tuvo que llevar.
Hoy yace en el camposanto el alcalde de Comondú, esperando que allá abajo no le cobren la luz, mientras la zanja en la calle que prometió pavimentar sirvió de hermosa tumba para hacerlo descansar.