
Por Laura Mendoza
Hablar sobre el 8M es un tema delicado que no se puede tomar a la ligera. El peor error al abordarlo —y el más común— es caer en la generalización, ni todos los hombres son violentadores ni todas las mujeres son misándricas. El debate generado por esta disyuntiva termina desviando la atención de la verdadera problemática y banalizando el movimiento cuya premisa es clara: necesitamos (en plural, mujeres y hombres) vivir en una sociedad justa y equitativa.
Hay que admitir que mucha de la responsabilidad en la polarización del movimiento la tenemos los medios de comunicación. Dirigir el foco a situaciones como la iconoclasia durante las marchas, los enfrentamientos entre marchistas y autoridades y espectáculos como la confronta entre un deudor alimentario y su exesposa se hacen fácilmente virales dándole vistas a las páginas de noticias, pero terminan por desviar la atención de lo verdaderamente importante que es la expresión del hartazgo social de las mujeres hacia la violencia.
Dicen por ahí que la verdad no peca pero incomoda, y la violencia ejercida sistemáticamente hacia las mujeres es una realidad que incomoda tanto que hasta las propias víctimas terminan por callarla. Pero el hecho de no hablar de ello no significa que no exista.
En el marco del 8M es común leer historias de terror convertidas en denuncias, donde las protagonistas son mujeres y niñas abusadas, acosadas, violadas, violentadas de múltiples formas por un entorno que no las protege ni procura justicia.
Y no es porque estas atrocidades no ocurran en otra fecha o que las víctimas solo estén esperando al 8 de marzo para hacer públicas sus experiencias. Al contrario, estas agresiones ocurren todo el tiempo convirtiendo el día internacional de la mujer en una fecha idónea para alzar la voz, un espacio donde la compañía de otras mujeres ayuda a exteriorizar y sanar el sufrimiento vivido, un día que nos invita a reflexionar sobre lo mucho que aún nos hace falta para vivir en un entorno seguro, libre de violencia, con equidad para mujeres y hombres.
Porque reconocer los problemas es un primer paso para encontrarles solución.
Entonces la cuestión en la que deberíamos enfocar nuestros esfuerzos no se reduce a una lucha infructuosa de quién sufre más o quién ejerce más violencia. El tema sobre la mesa no tiene qué ver con una lucha de géneros, sino de un trabajo conjunto donde hombres y mujeres reconozcamos que la violencia existe y busquemos juntos la manera de erradicarla.
Gracias por llegar hasta aquí, soy su amiga Laura Mendoza.