
POR ARIEL VILCHIS
El momento político en Baja California Sur expone las tensiones internas de Morena entre pragmatismo electoral y coherencia ideológica. Este fin de semana tres nombres concentran la atención: Milena Quiroga en La Paz, Saúl González Núñez y su evento en Los Cabos y Ernesto Ibarra como factor disruptivo.
La militancia en La Paz ha reaccionado con rechazo frente a la cercanía de Ibarra. No es un asunto personal, sino de memoria política. Para el simpatizante de a pie, el pasado de Ibarra como detractor del proyecto guinda no es un detalle menor que se borre con una fotografía de ocasión. El costo de «abrir la casa» a antiguos adversarios suele pagarse con la desmoralización de las bases.
La alcaldesa de La Paz ha optado por la prudencia como estrategia. Para algunos, es una forma de contener el ruido sin legitimar a Ernesto Ibarra; para otros, es una ambigüedad que puede erosionar la confianza de la militancia. Su postura refleja el dilema de quienes gobiernan: mantener estabilidad sin perder autoridad frente a su base.
Saúl González Núñez y su reciente incursión desde Los Cabos, aparece como contrapunto. Su presencia territorial y su narrativa institucional lo posicionan como un operador que suma sin generar polémica. A diferencia de Ibarra, no carga con un historial de confrontación contra Morena, lo que le permite crecer políticamente con menos resistencias.
De tal manera que estos movimientos obligan de alguna manera a Morena a definirse: ¿unidad sin principios o principios que marquen límites a la unidad? La militancia exige coherencia, la ciudadanía desconfía del oportunismo, y el partido se juega algo más que alianzas: se juega credibilidad.
En Baja California Sur, cada gesto político —una foto, un saludo, un silencio— se convierte en prueba de congruencia. Y en esa prueba, Morena enfrenta un reto mayor: demostrar que la unidad no significa renunciar a la memoria ni a la identidad que lo ha sostenido.
Ya veremos que sucede, es mi opinión. Al tiempo…