
POR ARIEL VILCHIS
La Paz vuelve a ser escenario de una lucha que parece no tener fin: el acceso libre a sus playas. Esta vez, la indignación ciudadana se ha encendido por la instalación de una cerca de varios kilómetros que bloquea el paso a decenas de playas del Pacífico, en la zona de la Conquista Agraria: desde Playa La Aguja hasta casi el campo pesquero El Conejo.
El cerco que impide el acceso a sitios como La Ballena, El Arco y El Panda, representa no solo una agresión al paisaje, sino un atropello a los derechos colectivos.
En México las playas, ríos y arroyos son bienes de la nación, su uso está regulado por concesiones que deben garantizar el interés público. Sin embargo, en Baja California Sur la historia ha demostrado que la ley no siempre se respeta. Desde los intentos de privatización en Balandra hasta los conflictos por desarrollos turísticos en Todos Santos, la ciudadanía ha tenido que alzar la voz una y otra vez para defender lo que por derecho le pertenece.
De tal manera que este nuevo cerco no es solo una barrera física: es un símbolo de exclusión. Cerrar accesos naturales, bloquear arroyos y restringir el paso a espacios que han sido parte de la vida comunitaria durante generaciones, es una forma de despojo silencioso. Hasta el momento, las autoridades locales no han emitido una postura oficial sobre el caso.
BCS es un estado donde el turismo depende de la belleza natural y la hospitalidad de sus comunidades, permitir que intereses privados cerquen el litoral es una traición al modelo de desarrollo sustentable que tanto se necesita.
Afortunadamente, la sociedad paceña ha demostrado que no está dispuesta a ceder. Las denuncias públicas, los videos compartidos en redes sociales y las caminatas por el libre acceso son actos de resistencia que recuerdan que el territorio no se defiende desde el escritorio, sino desde la comunidad.
La lucha por el acceso libre a las playas no es solo una batalla legal, sino una causa ética. Es la defensa del derecho a caminar por la arena, a pescar en los arroyos, a contemplar el atardecer sin rejas. Es, en última instancia, la defensa de la identidad sudcaliforniana.
La Paz no puede permitir que el cerco se convierta en costumbre. Si normalizamos el despojo y perdemos más accesos a las playas terminaremos perdiéndonos como comunidad.
Ya veremos qué sucede. Es mi opinión, al tiempo…