
Por Laura Mendoza
En Baja California Sur la llegada de las lluvias de verano son todo un evento. Para un estado con clima desértico y gran estrés hídrico, la llegada de la temporada de huracanes es una esperanza de que las precipitaciones alimenten de suficiente agua a las presas y pozos, asegurando la supervivencia de los sudcalifornianos.
Aún cuando las lluvias son tan benéficas para esta tierra, sabemos que los huracanes son fenómenos impredecibles en sus efectos. Si bien es posible pronosticarlos y monitorearlos, resulta difícil asegurar de manera precisa dónde y cuánto lloverá.
Quienes conocemos la historia de esta tierra sabemos de la importancia de la prevención. El huracán Liza en 1976 nos dejó una gran lección y conciencia de que estos fenómenos metereológicos así como traen lluvias benéficas pueden ser también causa de graves afectaciones y pérdidas humanas.
Para quienes vienen de fuera, especialmente para quienes viven en el centro del país donde las precipitaciones son comunes, parece extraño que la rutina se paralice con un poco de lluvia. Pero quienes hemos pasado toda nuestra vida aquí sabemos que el mayor peligro no es el agua que cae, sino aquella que se acumula en las calles, vados y arroyos y que indudablemente buscará salida hacia el mar arrastrando todo a su paso.

Debemos reconocerlo, las ciudades de Baja California Sur no están diseñadas para la lluvia. No poseemos un sistema que drene el cauce pluvial ni nuestras calles resisten la acumulación de agua. No es de extrañarse en un territorio en el que llueve una vez al año, quizás un poco más de manera esporádica, invertir en ese tipo de infraestructura no parece prioritario.
Es así que por dos o tres días las ciudades se incomunican por zonas, ocurren deslaves en las carreteras, las calles se vuelven intransitables y, para evitar riesgos, las escuelas y algunos centros de trabajo suspenden labores esperando que las familias se resguarden en sus hogares, compren víveres y se mantengan atentos a las indicaciones de las autoridades.
Es más fácil detener el ritmo por algunos días, volver a la vida sencilla que nos caracteriza, detenernos a ver la lluvia con una taza de café y una tanda de chimangos. Ya después vendrá la reconstrucción y esa necesitará de la ayuda de todos.
Gracias por llegar hasta aquí, soy su amiga Laura Mendoza.