
Por Laura Mendoza
Ha llegado el mes de junio y se ha hecho notar ondeando banderas multicolores. Diferentes marcas alteran los colores de sus logos durante estos días, en algunas oficinas y locales podemos observar los llamativos arcoíris e, incluso, algunas personas se animan a vestir los vívidos tonos durante estas fechas. Y es que el movimiento LGBTQ+ ha adoptado a junio como el “Mes del Orgullo”, ya que el día 28 realizan su ya tradicional marcha, ¿o desfile?
Como movimiento, la comunidad LGBTQ+ ha buscado luchar contra la discriminación, los prejuicios, la homofobia y la violencia que históricamente han sufrido, y lo hacen de una manera muy particular: celebrando la libertad de ser ellos mismos. Pero, dentro de ese intento de obtener reconocimiento, buscan convencer de sus ideales al resto de la sociedad a través de la imposición y no desde el consenso. Un ejemplo de este tipo de batallas que han llevado al debate público es el tema del lenguaje inclusivo.
El concepto de lenguaje inclusivo en materia de género existe y está plenamente reconocido por la Organización de las Naciones Unidas. Contempla el evitar utilizar expresiones que discriminen a un sexo, género social o identidad de género en particular; y resulta lógico, pues en una sociedad que está cambiando su perspectiva respecto a los roles de género y busca darle valor a los diferentes grupos en el entorno público lo normal es que el lenguaje también se adecúe a estas nuevas dinámicas de convivencia más equitativas.
Y es precisamente este argumento con el que el historiador José Luis Trueba Lara abre su disertación El lenguaje inclusivo y lo que pretende cambiar: “el lenguaje cambia porque la sociedad cambia […] el lenguaje inclusivo pretende que cambie el lenguaje y luego cambie la sociedad”. Cabe destacar que el lenguaje inclusivo al que se refiere José Luis Trueba no es el que se explicó en el párrafo anterior. No, al que hace alusión el historiador es al malentendido lenguaje inclusivo de la comunidad LGBTQ+ que juzga al lenguaje actual como una herramienta de opresión y discriminación por parte de quienes históricamente han poseído el poder y que, para solventar esta deuda histórica, propone eliminar el género en las palabras cambiando su última letra por una “E” (e incluso se ha propuesto cambiarla por la letra “X”).
Es decir, alterando el ritmo natural de los fenómenos sociales, los colectivos buscan obtener aceptación a través de la imposición de un lenguaje sin géneros, en lugar de luchar por reconocimiento como lo han hecho muchos otros movimientos que hoy en día están incluidos en las políticas públicas y representados a través del lenguaje (los grupos afroamericanos, la clase obrera, el movimiento feminista, entre otros). Un lenguaje que, dicho sea de paso, suprime a los géneros femenino y masculino, dejando únicamente como políticamente correcto al género neutro.
Podría pensarse que exagero cuando hablo de una imposición del lenguaje. Basta con decirle él o ella a una persona que se considera elle para demostrar mi punto. Si alguien llegara a hacerlo, seguramente lo tacharán de intolerante, represor y homofóbico, por no mencionar los peores insultos que podrían recibirse. En mi opinión, es una mala estrategia si lo que se busca es conseguir reconocimiento.
Si consideramos que el principal objetivo del lenguaje es expresarnos y que otros nos entiendan, el lenguaje inclusivo de la comunidad LGBTQ+ viene a ocasionar el efecto contrario. Las personas ya no se definen por lo que genuinamente son, sino que queda a la ambigüedad de que no son ni uno ni lo otro, sino algo más que no está determinado. Esto sin contar las muchas palabras que ya tienen un significado establecido y pueden ser confundidas si se cambia su última letra por la vocal e. No por nada la Real Academia Española rechazó tajantemente el uso del lenguaje inclusivo considerándolo ajeno a la morfología del español.
La máxima autoridad de la lengua española también señala que “el masculino genérico no oculta la presencia de la mujer, sino que la incluye con igual derecho que el varón”. Al mencionar a todos, todas y todes se genera una diferenciación en la que se habla de distintos tipos de personas; pero, si la intención de la lucha es una igualdad de derechos y oportunidades, ¿no sería lo correcto manifestar una igualdad en el lenguaje? Entonces somos todos, como establecen las reglas de gramática.
Me atrevería, pues, a decir que el equivocado lenguaje inclusivo hace de todo menos incluir. Señala las diferencias entre quienes siguen una ideología y los que no, busca ocultar los géneros para resaltar lo no binario, incita al desprecio de quienes no coinciden con esta ideología, distingue, segrega y excluye.
Entonces, ¿por qué se ha popularizado? Considero que José Luis Trueba Lara lo explica bien cuando señala que la clase política ha adoptado este lenguaje inclusivo en sus discursos porque le sale barato hacerlo. Le dan atole con el dedo a los grupos LGBTQ+ con un falso reconocimiento a través del lenguaje, mientras que por otro lado no instauran políticas públicas que realmente beneficien y fortalezcan a la comunidad. La violencia se sigue ejerciendo en contra de los colectivos; la atención médica para las personas del grupo LGTBQ+ aún no ha sido garantizada; la discriminación laboral persiste, pero les dan a cambio un pequeño triunfo incluyendo en algunas páginas de los libros de texto de nivel básico la palabra todxs. ¡Vaya logro!
Desde mi punto de vista, la lucha no debería concentrarse en evidenciar las preferencias sexuales de las personas, sino en hacer prevalecer los derechos en igualdad pese a las diferentes preferencias. La sexualidad es una cuestión personal y privada y no deberíamos ser juzgados, mucho menos discriminados, por ellas.
Gracias por llegar hasta aquí, soy su amiga Laura Mendoza.