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Por Laura Mendoza

A tan solo unos días de que se diera por terminada  la Jornada Nacional de Sana Distancia implementada por el gobierno federal, los casos confirmados de COVID19 en nuestro país alcanzaron los 101,238.

Mucho se informó por diversos medios de comunicación de la alta tasa de contagio del virus y de los riesgos al contraer la enfermedad en los miembros de población vulnerable; sin embargo, muy poco entendimos que la única manera de frenar el contagio de manera acelerada (lo cual evitaría el colapso de los sistemas de salud y con ello podría garantizarse la atención médica de los pacientes graves) era reducir la movilidad de la población, que los ciudadanos evitáramos salir de nuestros hogares si no era por un motivo realmente necesario.

Tal vez fue el mensaje confuso que nos dio el presidente del país que, mientras las autoridades sanitarias exhortaban a resguardarnos en casa, continuaba realizando giras de trabajo (comiendo en fonditas y queriendo “comerse a besos” a niñas que le acercaban en sus mítines) aglomerando a sus simpatizantes en eventos multitudinarios. O quizá fue que no nos quedó claro cuáles eran los motivos importantes por los que sí estaba justificado salir.

La verdad es que bastaba con analizar un poco lo que sucedía a nuestro alrededor: clases suspendidas en todos los niveles educativos; celebraciones, eventos públicos y deportivos multitudinarios así como conciertos, cancelados; plazas y acceso a playas cerradas, por mencionar algunas. Era obvio que las actividades meramente de esparcimiento no eran primordiales. Era obvio que los establecimientos de alimentos, comunicaciones, bancarios, de transporte, servicios públicos y centros de salud si lo eran y, por consiguiente, las personas que trabajan en este ramo tienen motivos suficientes para salir de casa, aun cuando hubieran preferido quedarse en ella.

Sin embargo, todos estos días hemos sido testigos de la irresponsabilidad de un gran número de personas que no acatan las medidas de seguridad recomendadas. Ya sea entre nuestros vecinos o evidenciados por las redes sociales, hemos visto personas haciendo ejercicio en espacios públicos, paseando por el malecón (antes de que tuvieran que restringir su acceso), niños jugando solos en parques, personas aglomerándose en negocios para comprar cervezas o pizzas y posteriormente realizando reuniones en sus casas sin tener en cuenta la sana distancia. Y así, una larga lista de ejemplos que todos atestiguamos.

En realidad yo creo que lo que nos hace falta es empatía. Empatía por las personas que no pueden quedarse en casa y deben salir a trabajar y que, al salir los demás, aumentamos su riesgo de contagio.

Nos falta empatía por los trabajadores de la salud (médicos, enfermeras, intendentes y demás) quienes cada día se han puesto en riesgo para preservar la vida de quienes resulten infectados.

Y finalmente, nos falta empatía por todas aquellas familias que perdieron a algún miembro por complicaciones de esta enfermedad y dudamos incluso de la veracidad de las circunstancias.

Quizá si desde un principio hubiéramos acatado las recomendaciones y nos hubiéramos quedado en casa, en este momento estuviéramos saliendo avante de esta contingencia. Nunca lo sabremos.

La Jornada Nacional de Sana Distancia ya terminó, pero el riesgo de contagio sigue allá afuera.

Gracias por llegar hasta aquí, soy su amiga Laura Mendoza.

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